El romanticismo en el siglo XXI

Últimamente me pregunto si habré olvidado ese momento fundamental en la línea de tiempo de mi historia amorosa, en que mi único novio paso a ser mi ex novio.  La transformación del binomio.

En realidad no me refiero al día ese en que tomamos la decisión, el de las empanadas, el más cinematográfico por cierto y el que recuerdo con la mejor definición. Me refiero al día que mi conciencia se despejo y entendió que él ya no iba a estar nunca más conmigo.

Tengo una imagen. Como un teaser de una serie que necesita ser resignificado más adelante con la información complementaria para ser comprendido. Pero esa informaciòn nunca llega. Sé que había otra chica, su nueva novia o no importa si era novia, pero él estaba cogiendo con otra y ya dejaba de ser sinceramente mío, él que siempre había sido sinceramente mío por cierto. Él tan puro hasta que un buen día parece que se ensució.

Una sola imagen está en mi cabeza de ese momento:

INT. DEPARTAMENTO CABALLITO. NOCHE

Rocío tiene el teléfono en la mano está llorando con toda la cara empapada. Intenta llamarlo y primero el tono suena, suena y no le contestan hasta que del otro lado deciden apagar el teléfono para que no llame más. En la desesperación Rocío se pone a gritar y a llorar a la vez pero Rocío no llora como una nena de ocho años que está desconsolada, Rocío llora como una interna del borda a la que da miedo acercarse. Grita hasta algo similar al desgarro de las cuerdas vocales.

Así de intensa era yo en cuestión de amor.

Partadójicamente hace unos meses que tengo que escribir sobre el amor y lo único que se me ocurren son frases hechas que me pregunto porqué no me funcionan. Por alguna razón que olvide, desde hace dos años por lo menos que no quiero saber nada con el concepto de proyecto + relación = amor para toda la vida, o con nada que se le asocie.

Pero me acorde de ese día, reviví aquel instante, volví a ponerme en la cabeza de la loca del borda y entendí lo complejo del asunto: Soy una romántica en esencia que a la vez comprende perfectamente los patrones lógicos del mundo del devenir. Soy una bomba atómica de emociones fuertes, encerrada en el cuerpo de una ermitaña neurótica. Soy como el viejo de la navidad que lo visitan los tres fantasmas y solo quiere amor de fiestas y sensiblería pero como si los fantasmas nunca hubiese llegado para hacerle comprender la moraleja.

Soy incompleta. La misma sensación que cuando corte con él, esa sensación de que nunca más se va a corresponder mi ser romántico con lo que la realidad tiene para ofrecerme, con lo que mi traumas de “daddy isues” postmodernistas me permiten elegir.

Pero comprendo que la pérdida del recuerdo de quiénes somos es natural, es parte de lo que se pierde en el pasaje entre amor y desamor, y ese eterno movimiento.

 

 

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